De vez en cuando la casa se me llena de filósofos. Llegan cargados con pastelitos de crema, helado de vainilla y vino blanco. Nunca traen bombones, por demasiado obvios. Pero llegan dispuestos a arreglar el mundo. Visible e invisible. A menudo hay ángeles que cruzan el comedor, se esconden en los cajones que quedan medio abiertos, esperan impacientes el inicio de nuestras conversaciones. Son como los ángeles de Rilke, terribles e inocentes, paseándose entre el cielo y el infierno.
Si alguna vez llegamos a verlos, invocamos a Emanuel Swedenborg -el personaje más extraordinario de la historia según Borges- que pasó media vida conversando con los ángeles y paseándose entre el infierno y el paraíso. Entonces es posible que alguien, en un ataque de nostalgia, empiece a recitar fragmentos de la Divina Comedia y asegure haber visto la sonrisa de Beatrice, vestida de azúl, despidiéndose de Dante entre la nevera y el microondas.
Y ya no sabemos si contemplamos el cielo delante nuestro o la vulgar imitación de un infierno cualquiera.
Si las puertas de la percepción se depuraran, todo aparecería a los hombres como realmente es: infinito.
Las bodas del cielo y el infierno. William Blake
Tenemos un miembro de nuestra tribu luchando entre la vida y la muerte. Está a punto de cumplir 16 años y todas nuestras filosofías no sirven para nada. Una décima de segundo, un maldito accidente y ya no vuelves a casa nunca más. La familia, los amigos... simplemente esperamos. Esperamos el milagro más difícil de todos. Un intercambio equivalente alquímico. Un milagro. Sólo queremos que vuelva a casa. Y no comprendemos nada.
No creo en más infierno que tú ausencia...




