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viernes, 11 de julio de 2014

ESCRITORES EN EDIMBURGO Y LA TUMBA DE CLARINDA

VERSIÓ EN CATALÀ

El Museo de los Escritores de Edimburgo es un lugar pequeño y encantador, un poco escondido en la ciudad vieja. La entrada es gratuita, como todos los museos de gestión pública, y es como subir a un faro por una escalera de caracol estrecha y empinada. Está dedicado a tres de los escritores escoceses más emblemáticos: Robert Burns, Robert Louis Stevenson y Sir Walter Scott.



Nada más entrar encontramos la sala dedicada a Scott (1871-32). Manuscritos, su bastón, un mechón de sus cabellos! Scott fue un gran exponente del romanticismo inglés y además fue el encargado de organizar la histórica visita del Rey George IV a Escocia en la que se levantó la prohibición de utilizar el traje típico escocés. Con el primer dinero que ganó gracias a sus escritos se pagó clases de italiano para poder leer en lengua original sus poetas favoritos. 

En la primera planta se encuentra la exposición dedicada a la vida y obra de Robert Burns (1759-1796) el poeta nacional escocés. Los escoceses todavía celebran la Noche de Burns, el día de su nacimiento, el 25 de enero, en Escocia y en cualquier lugar donde haya escoceses. Es una cena con un ritual muy concreto que incluye platos tradicionales, brindis, lectura de poemas, baile, juramentos de lealtad a la Corona y exaltación emocionada de los valores escoceses. 

El sótano está dedicado al R.L. Stevenson (1850-1894), mi favorito, creador de La isla del tesoro y del Doctor Jekyll y Mister Hyde. Él sólo quería dedicarse a escribir y viajar. Y así lo hizo. También me gusta mucho su historia de amor con Fanny Osbourne. Tuvo una vida intensa, aventurera y apasionante que le llevó a viajar por Europa, Estados Unidos y las islas del Pacífico Sur donde los nativos le dieron el nombre de Tusitala, el que cuenta historias. Su salud siempre fue muy delicada y murió en Samoa a los 44 años. En el museo se pueden ver muchas fotografías suyas y objetos personales como un anillo hecho con caparazón de tortuga con el nombre de Tusitala en plata. 

Aparte del Museo de los Escritores, Edimburgo está llena de referencias literarias. Muy cerca de Calton Hill hay una pequeña plaza que se llama Picardy Place y que casi pasa desapercibida. Aquí nació Arthur Conan Doyle y actualmente hay una estatua de Sherlock Holmes y un pub típicamente británico que toma su nombre.



En la ciudad vieja hay un par de bares que se disputan el honor de ser el lugar donde JK Rowling comenzó a escribir Harry Potter.


Cerca de la residencia oficial de la Reina, el palacio de Holyrood, hay una iglesia muy pequeña y muy bonita., la iglesia de Canongate. Por dentro está pintada de blanco y azul celeste y los primeros bancos están reservados para la familia real. No tiene vidrieras ni apenas imágenes y en la puerta hay unas señoras encantadoras que te cuentan todo lo que quieras saber. La iglesia es del siglo XVII y al lado hay un cementerio donde está enterrada Clarinda. Su nombre real era Agnes MacLehose y fue amiga y musa del poeta Robert Burns de quien hablábamos antes. En realidad parece que nunca llegaron a ser amantes, pero sí que tuvieron siempre una conexión bastante especial, que intercambiaron muchas cartas y que Burns le escribió bellos poemas de amor. La tumba de Clarinda no dice nada. Sólo su nombre, su imagen grabada en la piedra y un rosal en flor a sus pies. 



Supe quién era aquella mujer misteriosa cinco minutos después de salir del cementerio porque al lado hay un salón de té precioso que se llama Clarinda's Tea Room que tiene un aire victoriano muy particular. En la carta donde puedes elegir los tés y los pasteles de la merienda se cuenta la historia de Clarinda. Y se pueden comer algunos de los pasteles más buenos de Edimburgo.


domingo, 31 de julio de 2011

POR SI ME ENCUENTRO UN HIPOPÓTAMO...

VERSIÓ EN CATALÀ

Hago las maletas pensando en aquellos viajes decimonónicos de mis heroínas. Saber cuándo te irás pero no cuándo volverás... qué maravilla. Ni si volverás. Viajar a ciegas y en contra de todos.

Intento llevar sólo cosas útiles en la maleta pero no puedo evitar recordar a la genial Mary Kingsley (1862-1900) que viajó por África estudiando las tribus caníbales y descubriendo nuevas especies animales y que llevé con ella desde Cambridge su paraguas. Un día navegaba por un río del África Occidental y se encontró con un hipopótamo que quería volcar la barca. Sin saber qué hacer, cogió su paraguas y acarició al hipopótamo con él detrás de la oreja. El hipopótamo, sorprendido y extasiado, se fue tranquilamente sin tocar la barca.

Intento cargar cosas útiles en la maleta pero soy heredera moral de Mary Kingsley. No llegaré a los extremos de la intrépida May French Sheldon (1847-1936), experta exploradora en Kenia, que viajaba por África cargando con su bañera y sus platos de porcelana. Viajando en aviones low cost es difícil llevar la bañera encima... pero un paraguas por si me encuentro con un hipopótamo con falta de cariño quizás sí que me cabe...

Echo de menos mis veranos africanos. Como Lady Anne Blunt, la deliciosa nieta de Lord Byron e hija de la matemática Ada Byron de quien ya he hablado en alguna ocasión, vivo entre la añoranza caótica e inexplicable de El Cairo y la necesidad vital de perderme por las calles de Londres.

Me voy con una maleta llena de cosas útiles. Con el ánimo decimonónico de hacer grandes descubrimientos.

Ya os diré si me he encontrado un hipopótamo en mis rutas obsesivas entre Italia e Inglaterra.

O si acabo descubriendo nuevas pirámides a la orilla del Nilo.

O nuevas pastelerías en ciudades francesas.

O nuevos hipopótamos...

sábado, 9 de abril de 2011

CONFESIONES A LA ORILLA DE LA TUMBA DE STEVENSON...

VERSIÓ EN CATALÀ



Hace unos días me desperté con ganas de visitar la tumba de R.L. Stevenson. De vez en cuando me pasa esto. Durante aquellos minutos en que tengo que decidir si estoy despierta o dormida, mientras intento escapar del intenso estado onírico que me atrapa cada noche, me viene a la cabeza algo que tengo que hacer.

Tengo la biblioteca llena de libros de tuberculosos. Como el señor Stevenson, que se fue de Escocia hacia tierras más cálidas por consejo del médico. Qué tiempos aquellos en que los médicos te enviaban a vivir a tierras más cálidas para curarte las enfermedades. No como ahora, que te dan una pastilla y te envían a casa. Doctor, por favor, en la próxima visita no me podría recetar usted un viaje a tierras cálidas, como Stevenson?

En uno de aquellos viajes conoció a Fanny, una americana diez años mayor que él con quien se casó y con quién pasó el resto de su corta vida, viajando y escribiendo. Cómo no podía ser de otro modo la relación fue un poco escandalosa. Y como no podía ser de otro modo, a Stevenson y a Fanny les importó muy poco.

La tumba de Stevenson y de Fanny está en Samoa, en una pequeña isla del Pacífico sur.

El médico no me receta viajar a países cálidos pero por suerte ya ha llegado el buen tiempo. Empieza la temporada de playa y en los ratos que me dejan los ensayos de danza y el trabajo bajo a correr por la orilla del mar.

Ensayamos mucho. Y estoy muy cansada y muy contenta. Nuestra genial profe está haciéndonos trabajar mucho para ofreceros un espectáculo precioso en el teatro de Vilanova a finales de mayo. Me encantan todas las coreografías que nos está montando (bien, todavía tengo que decidir la música de mi individual. Pero cada vez lo tengo más claro...) Además, será la primera vez que bailaré un tango con pareja y en público. Estoy entusiasmada con el montaje!

Entre entusiasmo y entusiasmo lo que más me cuesta es salir adelante con las cosas más prácticas. Como hacer la compra, planchar la ropa, contestar mails. Me pasaría el día escribiendo, bailando, leyendo, mirando películas y corriendo por la playa. Muy bien, Julieta, acabas de describir lo que vienen siendo las vacaciones!

Y mentres llegan las vacaciones y el verano y los próximos viajes a penas me queda tiempo para leer nada más que los trabajos que los hago hacer a mis alumnos. A veces tengo la sensación que me paso la vida corrigiendo redacciones. Lo cual debe de querer decir que ellos se pasan la vida escribiéndolas! Pero estoy muy contenta porque cada vez lo hacen mejor. Es increible cómo han progresado en los últimos seis meses! Hace unos días redactaban entrevistas y entre los diversos ejercicios me entrevistaron a mí. Me sorprendió muchísimo que la mayoría de mis adolescentes estén tan agobiados por el tema de la traición y por el futuro. Muchos me preguntaban si alguna vez me había sentido traicionada y qué haría en este caso. Sinceramente no. No me he sentido nunca traicionada. También me preguntaban por el futuro (cómo te ves en el futuro y cosas así) Y me di cuenta que no pienso nunca en el futuro. Y que no lo he hecho nunca. Las posesiones materiales a gran escala me interesan muy poco. Mis posibles futuros se miden en posibles viajes. Y siempre que tengo que pensar en el futuro es porque tengo un viaje a la vista. Nada más... No sé si es mejor o peor pero hace más de 30 años que funciono de este modo.

Entre unas cosas y otras cuando acaba el día estoy tan cansada que me quedo dormida encima de las cartas de Eva a Samuel y no recuerdo ni cómo he llegado a la cama. La teoría de que tengo un fantasma en casa que me cepilla los dientes y me acuesta va tomando fuerza. Sería genial si además mi fantasma preparara la comida, pasara la aspiradora y me leyera un poco en voz alta antes de... zzzz....zzzzz....zzz....

Querido Samuel,
no estés enfadado conmigo. No soy yo quien ha elegido esta distancia. Volveré pronto y espero encontrarte feliz y contento. Tengo la sensación de correr en círculos pero cada vez que me vista de azul será para recordar que todavía te quiero. Las estrellas brillan por ti, allí arriba, tan alto que parece imposible. He escrito mucho últimamente. Sabes que no me gusta enseñar mis historias pero valoro mucho tu opinión. Cómo podria no hacerlo después de todo... ( El Cairo, 1871)

lunes, 28 de marzo de 2011

EVA ESCRIBE DESDE EL CAIRO

VERSIÓ EN CATALÀ

Hoy hace 70 años que se suicidó la triste y brillante Virginia Woolf dejándole a su marido una de aquellas cartas personales que me gusta coleccionar: Te debo toda la felicidad de mi vida. No creo que dos personas hubieran podido ser más felices de lo que hemos sido nosotros. Y después se lanzó al río con los bolsillos llenos de piedras. Feliz y desgraciada al mismo tiempo.

Esta idea de la felicidad me hace recordar otra pequeña joya de la también británica Eva Hume, una de aquellas mujeres que sentía haber nacido en una época que no le correspondía. Aventurera, rebelde, inconformista... Escribía, bailaba, viajaba, discutía, soñaba con vivir en países exóticos que tan de moda estaban en el siglo XIX... A finales de 1871, Eva se encontraba en El Cairo donde tenía que asistir al estreno de la ópera Aida acompañada por el hombre con quien su familia quería casarla. Pero ella estaba enamorada de un joven aspirante a poeta, Samuel Jones, con quien intercambiaba cartas, poemas, cuentos y aventuras diversas, para desesperación de la familia de Eva que hacía todo lo posible por separarlos.

Precisamente desde el Cairo escribe Eva y además de proporcionarnos algunas de las visiones del Egipto decimonónico más interesantes que he leído, le explica a Samuel cuánto lo echa de menos. Entre las descripciones de los encantadores de serpientes, de los mercados, de los aromas de la ciudad (no siempre agradables) hay una Eva desesperada por la distancia que la separa de Samuel.

Samuel, como es tu invierno lejos de mí? yo soy feliz y desgraciada al mismo tiempo. Feliz por ser testigo de las maravillas que esconde este país. Desgraciada porque quiero compartirlas contigo, sólo contigo. Y estoy todo el día rodeada de gente que me asfixia y que me obliga a comportarme como si fuéramos a tomar el té con la reina Victoria en persona. Qué aburrimiento! Samuel, cuánto te echo de menos! No puedo esperar tu respuesta. Quiero que estés aquí. O en cualquiera otro lugar. Pero que estés conmigo. No quiero que volvamos a enfadarnos. Escríbeme y explícame muchas cosas, todas las cosas que te han pasado en mi ausencia, todas las cosas que has pensado, que has imaginado. Echo de menos que me expliques tus sueños. Soy feliz y desgraciada, Samuel. Sabes cómo es mi invierno sin ti? No tengo ganas de escribir versos ahora. Sólo de verte y de que me digas que me echas de menos. El próximo viaje lo haremos juntos. No me casaré. Prepárate por el escándalo. Me dirás que me echas de menos? Me volverás a preguntar si soy feliz para que pueda contestarte que sólo si tú estás cerca? Hace dos días me asusté mucho porque pensaba que había perdido el collar que me regalaste. Me acuerdo de ti aunque no lo lleve puesto pero sentirlo cerca de mi corazón me tranquiliza cuando la realidad me asfixia. Ven conmigo y cambiemos la realidad. Sálvame de esta cárcel. Todavía no hemos encontrado la respuesta a todas nuestras preguntas.

Y efectivamente, Eva vivió su vida escandalosa y poética, al margen de todo lo que se esperaba de ella, sintiéndose feliz y desgraciada al mismo tiempo. No se casó con aquel hombre, le dio un disgusto de muerte a sus padres, le gustó muchísimo el estreno de Aida pero más le gustaban los encantadores de serpientes y las teterías de los callejones del Cairo, viajó con Samuel por medio mundo dedicándose a los trabajos más variados y curiosos. Y se amaron hasta el final.

Pero esta es otra historia...

domingo, 20 de marzo de 2011

JOHN Y FANNY, TAN BRILLANTES Y DELICADOS...

VERSIÓ EN CATALÀ



Hace unos días andaba yo por Bloomsbury, bajo el extraño sol londinense, por las calles y las plazas donde Virginia Woolf paseaba su tristeza y su genialidad a principios del siglo XX. La sombra del Museo Británico de fondo y la mirada a punto para encontrar nuevos rincones. Así es como vi, en Bloomsbury Square, un pasaje que me llamó la atención, el pasaje Red Bull que conduce a una plazoleta encantadora con un par de tiendecitas y una librería, la Review Bookshop (también tiene entrada por la calle del Museo)

La librería me entusiasmó porque tiene una amplia colección de libros de cartas (de escritores, de pintores, de políticos, de músicos...) y una cafetería magnífica, pequeña y rústica, con un buen café y unos pasteles increibles. Y todo el mundo conoce ya mi debilidad por las buenas cafeterías y por la literatura epistolar...

Así que no pude resistirme a comprar un libro muy bonito con las cartas que el poeta John Keats le enviaba a Fanny Brawne, su gran amor secreto y prohibido. Fanny era una provocadora para la sociedad victoriana por enamorarse de un poeta como Keats, evidentemente un mal partido (aunque cuando se conocieron no se cayeron demasiado bien precisamente) Él murió en Roma con 25 años por culpa de la tuberculosis. Ella se paseó vestida de luto y con la cabeza rapada durante seis años.


11-10-1819

Hoy vivo en ayer; me sentí bajo un embrujo el día entero. Estoy a tu merced. Escríbeme unas pocas líneas, dime que nunca serás menos buena de lo que fuiste ayer conmigo. Me deslumbraste. No hay nada en el mundo más brillante y delicado. Cuándo tendremos un día sólo para los dos?

Siempre tuyo, John Keats.

Gracias a Fanny la poesía de Keats fue como fue, delicada y brillante. Todo en ellos fue escandaloso y luminoso, una de aquellas pasiones extrañas en que la musa y el poeta se disuelven en la inmensidad de la vida y de la muerte. Pensaban que algún día podrían estar juntos y se comprometieron en matrimonio en secreto. Pero ni siquiera el aire de la bella Roma donde John viajó para intentar mejorar su salud consiguió salvar su historia.

Él murió y fue enterrado con las cartas que Fanny le enviaba, de manera que no sabemos qué le explicaba la musa al poeta. Ella vivió muchos años, se casó, tuvo hijos y hasta el día de su muerte llevó el anillo que John le había regalado y conservó las cartas que él le enviaba y que publicaron sus descendientes cuando ella ya estaba muerta.

Habrían imaginado que acabaríamos leyendo sus intimidades? Seguramente nadie piensa una cosa así cuando escribe una carta de amor. Si es que alguien escribe todavía cartas de amor.

Pero quién puede resistirse a saber cómo le habla un artista a su musa?
Yo, al menos, no puedo.

Qué placer inmenso empezar a leer la cartas de John a Fanny en la cafetería de la Review Bookshop, ante un buen trozo de pastel de chocolate... El sol entrando por la ventana, el fantasma de Virginia Woolf paseando por Bloomsbury Square... John y Fanny amándose desde algún lugar indefinido de la eternidad, juntos por fin.

Me parece que ya no les debe de importar si leemos sus cartas...